Romasanta: El Hombre Lobo de Allariz
La historia criminal de España no se entiende sin la figura de Manuel Blanco Romasanta. Su caso no es solo la crónica de un asesino; es el punto de colisión entre la Galicia mágica de las meigas y la España que intentaba abrazar la ciencia y el derecho moderno en el siglo XIX. Conocido como el «Hombre Lobo de Allariz» o «O Home do Unto», Romasanta protagonizó el proceso judicial más insólito de nuestra historia: la Causa 1788.
En este análisis profundo, desgranamos la vida, la psicopatía y el enigma médico del primer asesino en serie documentado en España.
La Galicia de 1800, Hambre y Superstición
Para entender a Romasanta, primero hay que entender su entorno. La Galicia de principios del siglo XIX era una región aislada, dominada por una orografía violenta y una fe inquebrantable en lo sobrenatural. En las aldeas de Ourense, la frontera entre el lobo real (que diezmaba el ganado) y el lobo mitológico (el lobishome) era inexistente.
Romasanta nació el 18 de noviembre de 1809 en Regueiro, Esgos. Un dato que la historia a menudo olvida y que la ciencia moderna ha rescatado es su ambigüedad sexual. Fue bautizado como Manuela, ya que sus genitales al nacer confundieron a sus padres. No fue hasta los seis años cuando se cambió su nombre a Manuel. Este hecho, según criminólogos actuales, pudo marcar una infancia de alienación y una construcción de identidad fragmentada.
El Perfil del Depredador: El Buhonero Servicial
A diferencia de otros criminales de la época, Romasanta no era un hombre rudo. Medía apenas 1,37 metros, tenía facciones finas y una voz suave. Trabajó como sastre y cocinero, oficios considerados "femeninos" en aquel entonces, lo que le permitió acceder a la intimidad de las casas y, sobre todo, ganarse la confianza de las mujeres.
Tras enviudar en 1834, comenzó su vida como buhonero. Recorría los caminos vendiendo ungüentos, telas y especias. Esa vida nómada fue la cobertura perfecta: Romasanta conocía cada atajo, cada cueva y cada barranco de la Sierra de San Mamede.
La Crónica de las Desapariciones: El Método de la Guía
El modus operandi de Romasanta era sofisticado. No asaltaba en los caminos como un bandolero común; él utilizaba la ingeniería social. Prometía a mujeres humildes y analfabetas una vida mejor en las ciudades, asegurándoles que tenía contactos para emplearlas como criadas en casas de linaje en Santander o Castilla.
Las víctimas
Aunque confesó trece crímenes, solo se pudieron probar nueve. Entre ellas: Manuela García Blanco y su hija Petra, Benita García Blanco y su hijo Francisco y Antonia Rúa y su hija Peregrina.
Romasanta acompañaba a estas familias al bosque. Allí, donde los gritos se perdían entre los robles, las ejecutaba. Para evitar sospechas, enviaba cartas falsas a los parientes en las aldeas diciendo que las mujeres estaban "felices y bien situadas". Pero cometió un error fatal: empezó a vender la ropa de las desaparecidas en las ferias de la zona.
O Home do Unto: El Mito del Sacamantecas
El rumor corrió como la pólvora: "Romasanta mata para sacar el unto (la grasa humana)". En el siglo XIX, existía la creencia de que la grasa humana era el ingrediente principal de medicinas milagrosas y lubricantes para las modernas máquinas de ferrocarril.
Este mito convirtió a Romasanta en el Sacamantecas, una figura del folclore terrorífico que aquí cobraba vida real. Los peritos de la época confirmaron que Romasanta extraía la grasa de sus víctimas con una precisión quirúrgica, vendiéndola posteriormente en boticas de Portugal, donde se pagaba a precio de oro.
El Juicio de Allariz y la Confesión de Licantropía
Cuando fue capturado en Nombela (Toledo) en 1852, Romasanta no negó los crímenes. Su defensa fue mucho más perturbadora: afirmó ser un hombre lobo.
"La primera vez que me transformé fue en el monte de Couso. Me revolqué en el suelo, se me erizó el pelo y mis manos se volvieron garras. No podía evitarlo, tenía que comer carne humana".
Relató que compartía su maldición con otros dos individuos, Antonio y Genaro, quienes supuestamente lo iniciaron en el canibalismo bajo forma lupina. Esta confesión puso a los jueces en un aprieto: si Romasanta estaba loco (licantropía clínica), no podía ser ejecutado; si mentía, era un genio del mal.
Análisis Forense: ¿Psicópata o Enfermo Mental?
El informe médico de 1852 fue pionero. Los facultativos determinaron que Romasanta no sufría de "idiocia" ni de "enajenación mental total". Lo describieron como un "sujeto de una maldad refinada" que utilizaba la leyenda del hombre lobo para eludir la justicia.
Perspectiva moderna
Hoy, la criminología clasifica a Romasanta como un asesino en serie organizado. Tenía:
- Trastorno Antisocial de la Personalidad: Carencia absoluta de empatía.
- Sadismo: Placer en el proceso de desmembramiento.
- Inteligencia Adaptativa: Capacidad para ocultar pruebas durante años.
Estudios genéticos recientes sugieren que Romasanta pudo tener un cariotipo XXY (Síndrome de Klinefelter) o una hiperplasia suprarrenal congénita, lo que explicaría su aspecto feminizado y sus posibles desequilibrios hormonales y conductuales.
El Indulto Real y el Enigmático Final
Romasanta fue condenado al garrote vil. Sin embargo, un hipnotizador francés conocido como Mr. Phillips escribió a la reina Isabel II, solicitando estudiar al "licántropo" para desentrañar los misterios de la mente humana. La reina, fascinada, conmutó la pena por cadena perpetua.
Se cree que Romasanta murió en la prisión de Celanova en 1863 debido a un cáncer de estómago (o "gástritis crónica"), aunque su tumba nunca ha sido localizada, alimentando la leyenda de que la "bestia" simplemente regresó al bosque.
Legado en la Cultura Popular
La sombra de Romasanta es alargada. Ha inspirado:
- Literatura: El bosque de Ancines de Carlos Martínez-Barbeito.
- Cine: El bosque del lobo (1970) y Romasanta: La caza de la bestia (2004).
- Folclore: El hombre del saco que asusta a los niños gallegos tiene los rasgos de Manuel Blanco.
- Conclusión: La Realidad supera al Mito
Manuel Blanco Romasanta no necesitaba una luna llena para convertirse en monstruo. Su capacidad para aprovecharse de la vulnerabilidad ajena y su frialdad para lucrarse con la muerte lo convierten en un caso de estudio. Fue, por así decirlo, el hombre que obligó a España a decidir si creía en los demonios o en la psiquiatría.



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